Niños que “explotan” al llegar a casa: el after-school restraint collapse 🧒💥

17 de noviembre de 2025

Cada vez más familias comentan lo mismo: “En el colegio está genial… pero en casa explota”.

Este fenómeno, conocido como
after-school restraint collapse, se ha vuelto especialmente frecuente tras la pandemia y con el aumento de demandas académicas y sociales.


¿Qué está pasando?

Durante horas, muchos niños mantienen:

  • autocontrol
  • normas
  • silencio
  • demandas sociales y académicas constantes
  • estímulos elevados 🎒📚👫


Cuando llegan a casa —su lugar seguro— liberan todo lo acumulado.


Señales típicas:

  • Enfados intensos
  • Irritabilidad o llanto sin motivo aparente 😭
  • Negativa a hacer tareas o seguir rutinas
  • Agotamiento físico
  • Sensibilidad alta a pequeñas frustraciones


¿Qué ayuda realmente?

  • Rutina de “descompresión” al llegar: merienda tranquila, juego libre, cero exigencias iniciales 🧩
  • Validar emociones sin sobreinterpretar
  • Flexibilizar ese primer tramo de tarde
  • Evitar entrar en lucha de poder
  • Recuperar la estructura cuando ya estén regulados



Entender este comportamiento evita confusiones (no es “maleducación”) y ayuda a que las tardes sean más llevaderas para toda la familia.

Por Raquel Íñigo Román 2 de enero de 2026
Las pantallas forman parte del día a día de niños y adolescentes. Su uso no es en sí negativo, pero cuando no existen límites claros puede afectar al desarrollo emocional, al descanso y a la capacidad de autorregulación. El exceso de estimulación dificulta la tolerancia a la frustración y puede aumentar la irritabilidad. Muchos conflictos familiares actuales giran en torno al uso de dispositivos, generando desgaste y sensación de impotencia en las familias. El trabajo terapéutico no se centra en prohibir, sino en acompañar. Establecer límites claros, coherentes y sostenibles, acordes a la edad y al momento evolutivo, priorizando el vínculo y la presencia adulta.  Educar en el uso saludable de la tecnología es también educar emocionalmente.
Por Raquel Íñigo Román 2 de enero de 2026
La adolescencia es una etapa de profundos cambios físicos, emocionales y sociales. La presión académica, la comparación constante, la búsqueda de identidad y la necesidad de pertenencia pueden generar niveles elevados de ansiedad. En muchos casos, la ansiedad adolescente no se expresa como nerviosismo evidente, sino como irritabilidad, aislamiento, somatizaciones, cambios en el sueño o en la alimentación. A veces pasa desapercibida o se minimiza como “cosas de la edad”. Escuchar sin invalidar es clave. La terapia ofrece un espacio seguro donde el adolescente puede comprender lo que le ocurre, poner palabras a su malestar y desarrollar herramientas para afrontarlo. No se trata de eliminar la ansiedad, sino de aprender a manejarla sin que limite su desarrollo.  Acompañar esta etapa con sensibilidad puede marcar una diferencia significativa en la vida adulta.
Por Raquel Íñigo Román 2 de enero de 2026
La conducta infantil no aparece de la nada. Cuando un niño grita, se enfada, desobedece o parece desafiante, suele estar expresando una dificultad para regular sus emociones. La conducta es, en muchos casos, un mensaje. Corregir sin entender puede aumentar el problema. Castigos desproporcionados, respuestas impulsivas o incoherentes pueden intensificar la sensación de inseguridad del niño. Esto no significa que no deban existir límites, sino que estos deben estar acompañados de comprensión y coherencia emocional. En terapia trabajamos ayudando a las familias a leer la conducta desde una perspectiva emocional y evolutiva. Entender qué está necesitando el niño, qué le desborda y qué recursos aún no tiene permite intervenir de una forma más eficaz y respetuosa.  Educar no es controlar, es acompañar el desarrollo emocional.
Por Raquel Íñigo Román 2 de enero de 2026
La autoexigencia suele estar socialmente premiada. Personas responsables, comprometidas, eficaces, que cumplen con todo y para todos. Durante mucho tiempo, este rasgo puede parecer una fortaleza. El problema aparece cuando el precio a pagar es el bienestar emocional. El perfeccionismo no siempre se manifiesta como obsesión por el detalle. A veces aparece como incapacidad para descansar, dificultad para disfrutar de los logros o una sensación constante de no estar haciendo suficiente. El error se vive como un fracaso personal y el descanso como una pérdida de tiempo. Muchas personas autoexigentes han aprendido que su valor depende de su rendimiento. No es una elección consciente, sino un aprendizaje profundo, generalmente vinculado a experiencias tempranas donde el reconocimiento estaba asociado al esfuerzo. En terapia, el trabajo no consiste en dejar de esforzarse, sino en revisar el sistema interno de valía. Separar quién soy de lo que hago, aprender a tratarse con la misma comprensión que se ofrece a los demás y permitir la imperfección como parte de lo humano.  Cuidarse no es rendirse. Es sostenerse a largo plazo.
Por Raquel Íñigo Román 2 de enero de 2026
Muchas personas expresan una aparente contradicción: desean una relación estable y significativa, pero cuando se implican emocionalmente lo pasan mal. Aparecen la ansiedad, el miedo constante a perder al otro, la necesidad de confirmación o, por el contrario, una retirada emocional que dificulta el vínculo. El miedo al abandono no siempre se vive como miedo explícito. A veces se manifiesta en forma de control, celos, hipervigilancia o dependencia emocional. Otras veces aparece como evitación, frialdad aparente o dificultad para comprometerse. En ambos casos, el sistema de apego está en alerta. Este tipo de miedo suele tener raíces tempranas. No siempre hablamos de grandes traumas, sino de historias vinculares marcadas por la inconsistencia, la imprevisibilidad emocional o el afecto condicionado. El cuerpo aprende pronto si el otro es seguro o no, y ese aprendizaje puede mantenerse en la edad adulta incluso cuando el contexto ha cambiado. En terapia no se trata de eliminar el miedo, sino de comprenderlo. Revisar la historia relacional, identificar patrones repetidos y diferenciar el pasado del presente permite construir una forma de vincularse más segura. Aprender a regular la ansiedad en la relación y a sostener el vínculo sin perderse a uno mismo es un proceso, pero también una experiencia profundamente reparadora.  Amar sin estar en alerta constante es posible cuando se construye seguridad interna y se vive la relación desde la elección, no desde la necesidad.
Por Raquel Íñigo Román 2 de enero de 2026
Hay personas que llegan a consulta convencidas de que su problema es físico. Dolor de estómago, tensión constante, cefaleas, fatiga, palpitaciones, mareos, molestias difusas que cambian de lugar. Han pasado por consultas médicas, pruebas diagnósticas y analíticas. Todo parece estar bien. Sin embargo, el cuerpo sigue insistiendo. En estos casos, hablar de somatización no significa negar el malestar, sino comprenderlo desde una perspectiva más amplia. El cuerpo no miente. El cuerpo registra aquello que no ha podido ser expresado de otra manera. Cuando una persona ha aprendido a callar, a adaptarse en exceso, a sostener emociones intensas sin espacio para elaborarlas, el cuerpo acaba convirtiéndose en el canal de expresión. La somatización suele aparecer asociada a estados de ansiedad mantenida en el tiempo, estrés crónico, duelos no resueltos, conflictos relacionales silenciados o experiencias emocionales para las que la persona no tuvo recursos en su momento. No es algo consciente ni voluntario. De hecho, muchas personas se sienten incomprendidas o incluso culpables por “no tener nada” y encontrarse tan mal. En terapia, el objetivo no es convencer a nadie de que su dolor es psicológico. El trabajo consiste en integrar cuerpo y mente, ayudando a comprender qué función cumple el síntoma, qué necesidad está expresando y qué cambios son necesarios para que deje de ser la única vía de descarga.  A medida que la persona empieza a poner palabras a su experiencia emocional, a identificar límites, a escuchar sus propias señales internas, el cuerpo deja de tener que gritar. Escuchar al cuerpo no es rendirse ni resignarse al malestar. Es empezar a cuidarse de una forma más profunda y respetuosa.
Por Raquel Íñigo Román 9 de diciembre de 2025
Muchas personas creen que repetir siempre lo mismo forma parte de su personalidad. En realidad, muchos patrones son estrategias aprendidas para protegerse, controlar o agradar. En terapia se trabaja el origen de estos patrones y se amplían las formas de responder, sin perder la identidad. Comprender la propia historia permite dejar de vivir en automático y reducir el sufrimiento.
Por Raquel Íñigo Román 9 de diciembre de 2025
“Yo sigo con mi vida, pero no estoy bien”. Muchas personas funcionan, cumplen y resisten, pero viven en un estado constante de tensión. La ansiedad, el insomnio, los problemas digestivos o el agotamiento emocional suelen ser señales que se normalizan. Detrás encontramos patrones como la autoexigencia, la dificultad para poner límites o el miedo a decepcionar. La terapia ayuda a aprender a escucharse, a bajar la exigencia y a relacionarse con uno mismo de una forma más sana.
Por Raquel Íñigo Román 9 de diciembre de 2025
Uno de los errores más frecuentes al hablar de los TCA es pensar que el problema es la comida. La conducta alimentaria suele ser la forma visible de un malestar emocional mucho más profundo. Los TCA incluyen anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracón y otros trastornos alimentarios. Todos comparten que la comida y el cuerpo se convierten en una vía para regular emociones. Señales de alerta frecuentes: Preocupación constante por el peso o la comida. Conductas rígidas con la alimentación. Culpa intensa después de comer. Uso del ejercicio como compensación. Aislamiento social relacionado con la comida. La psicoterapia permite trabajar la relación con el cuerpo, la regulación emocional y la identidad más allá del peso. Pedir ayuda a tiempo es clave para mejorar el pronóstico.
Por Raquel Íñigo Román 9 de diciembre de 2025
Muchas parejas llegan a consulta con una frase muy parecida: “Nos queremos, pero no sabemos entendernos”. Y no, no es una contradicción. Es una situación clínica frecuente. La terapia de pareja no es un espacio para decidir quién tiene razón ni para señalar culpables. Es un espacio profesional donde se analiza cómo funciona la relación, qué dinámicas se han ido deteriorando y qué está manteniendo el malestar. ¿Cuándo puede ser útil acudir a terapia de pareja? Algunas señales habituales que vemos en consulta son: Discusiones repetitivas que siempre acaban igual. Distancia emocional o sensación de desconexión. Dificultades de comunicación. Conflictos relacionados con la convivencia o la crianza. Problemas sexuales persistentes. Celos, inseguridad o pérdida de confianza. En terapia se trabajan los patrones de comunicación, los estilos de apego, la regulación emocional y la reconstrucción de la seguridad emocional. Si la relación se ha convertido en una fuente constante de malestar, trabajarla en un espacio terapéutico puede ayudar a entender qué está pasando y cómo abordarlo de una forma más sana.
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