La autoexigencia no siempre es fortaleza: cuando se convierte en una forma de autocastigo
La autoexigencia está socialmente muy bien vista. Se confunde con responsabilidad, con madurez, con compromiso.
Pero hay una línea fina entre exigirse para crecer y exigirse para castigarse.
Cuando la autoexigencia es sana:
- Motiva.
- Ordena.
- Da dirección.
Cuando es patológica:
- Nunca es suficiente.
- No hay descanso emocional.
- El error se vive como fracaso personal.
- La autoestima depende del rendimiento.
Muchas personas no se tratan con la misma comprensión con la que tratarían a alguien a quien quieren. Se hablan con dureza, con juicio, con un nivel de presión constante que termina generando ansiedad, agotamiento y sensación de insuficiencia crónica.
Frases internas típicas:
- “Debería poder con esto.”
- “No es para tanto, no me queje.”
- “Si paro, estoy siendo débil.”
La autoexigencia extrema no es fuerza.
Es miedo a no ser suficiente.
Es una forma aprendida de control.
En terapia no buscamos eliminar la responsabilidad. Buscamos humanizarla.
Transformar la exigencia en cuidado.
El rendimiento en presencia.
El castigo en comprensión.
Porque crecer no debería doler todo el tiempo.












