Blog | Artículos sobre psicología y bienestar
En este espacio encontrarás artículos sobre psicología, bienestar emocional y temas de interés general. El objetivo es acercar la ciencia psicológica a la vida cotidiana, con un lenguaje claro, cercano y basado en la evidencia.

Por Raquel Íñigo Román
•
19 de enero de 2026
La incomprensión constante de tu rol. No es solo trabajar mucho. Es tener que explicar una y otra vez qué haces, qué no haces y por qué ciertas cosas no te corresponden. Es que te pidan tareas que no forman parte de tu trabajo, de tu formación ni de tu responsabilidad profesional. Y que además, cuando pones un límite, parezca que estás siendo “difícil”. Eso no es colaboración. Eso es desdibujar funciones. Cuando un profesional acepta todo por evitar conflicto, no está siendo flexible. Está perdiendo su marco. Y cuando se pierde el marco, se pierde también el respeto al trabajo que se hace. Pedir que cada cual haga lo que le corresponde no es rigidez. Es orden. Es salud laboral. Es ética profesional. La incomprensión sostenida genera: cansancio emocional desmotivación sensación de invisibilidad desgaste silencioso No porque falte vocación, sino porque sobra confusión. Un equipo sano no es el que lo hace todo. Es el que sabe quién hace qué. Y respeta los límites de cada rol. Defender tu función no es defender tu ego. Es defender la calidad de tu trabajo. Y también tu salud mental. A veces el autocuidado no es descansar más. Es empezar a decir: “Esto no me corresponde.” Y sostenerlo con calma. Eso también es psicología aplicada.

Por Raquel Íñigo Román
•
19 de enero de 2026
A veces el cuerpo empieza a hablar antes de que la mente entienda qué pasa. Dolores de estómago, contracturas, migrañas, cansancio extremo, problemas de sueño… Pruebas médicas normales, pero el malestar está ahí. Eso es la somatización. No es “todo está en tu cabeza”. Es “tu cuerpo está expresando algo que aún no ha podido ser mentalizado”. El sistema nervioso no distingue entre amenaza física y emocional. Si hay tensión sostenida, conflicto interno o emociones contenidas, el cuerpo se activa igual. La somatización aparece cuando: Se acumulan emociones no expresadas. Se evita el conflicto. Se sostiene demasiado tiempo una situación límite. Se ha aprendido a no registrar lo que se siente. El cuerpo no miente. No dramatiza. No exagera. Informa. La terapia ayuda a traducir ese lenguaje corporal a lenguaje emocional. A poner palabras donde solo había síntoma. A entender qué está pidiendo el organismo. Escuchar al cuerpo no es rendirse a la enfermedad. Es empezar a escucharse de verdad.

Por Raquel Íñigo Román
•
19 de enero de 2026
La autoexigencia está socialmente muy bien vista. Se confunde con responsabilidad, con madurez, con compromiso. Pero hay una línea fina entre exigirse para crecer y exigirse para castigarse. Cuando la autoexigencia es sana: Motiva. Ordena. Da dirección. Cuando es patológica: Nunca es suficiente. No hay descanso emocional. El error se vive como fracaso personal. La autoestima depende del rendimiento. Muchas personas no se tratan con la misma comprensión con la que tratarían a alguien a quien quieren. Se hablan con dureza, con juicio, con un nivel de presión constante que termina generando ansiedad, agotamiento y sensación de insuficiencia crónica. Frases internas típicas: “Debería poder con esto.” “No es para tanto, no me queje.” “Si paro, estoy siendo débil.” La autoexigencia extrema no es fuerza. Es miedo a no ser suficiente. Es una forma aprendida de control. En terapia no buscamos eliminar la responsabilidad. Buscamos humanizarla. Transformar la exigencia en cuidado. El rendimiento en presencia. El castigo en comprensión. Porque crecer no debería doler todo el tiempo.

Por Raquel Íñigo Román
•
19 de enero de 2026
Hay personas que llegan a consulta diciendo algo que, de entrada, desconcierta: “Mi vida está bien, no me falta nada… pero yo no estoy bien”. Tienen trabajo, pareja, estabilidad, cumplen con lo que se espera de ellas. Funcionan. Y sin embargo, por dentro hay una sensación persistente de vacío, de desconexión, de estar viviendo en piloto automático. Esto no es ingratitud ni dramatismo. Es un tipo de malestar psicológico muy frecuente y muy poco nombrado: el vacío emocional funcional. Aparece cuando una persona ha aprendido a adaptarse tanto a las demandas externas que ha dejado de escucharse. Se prioriza lo correcto, lo responsable, lo esperado, mientras lo emocional queda en segundo plano. No hay crisis visible, pero sí una desconexión interna sostenida. No suele haber grandes síntomas. No siempre hay ansiedad intensa ni depresión clara. Lo que hay es: Falta de ilusión. Sensación de rutina emocional. Dificultad para identificar qué se quiere. Sensación de estar viviendo la vida de otro. Muchas de estas personas han sido niñas y niños muy responsables, muy adaptados, muy “buenos”. Aprendieron pronto a no molestar, a cumplir, a sostener. Y eso, de adultos, se convierte en una vida eficaz… pero poco sentida. La terapia no va de romperlo todo. Va de volver a habitarse. De preguntarse: ¿Qué siento realmente? ¿Qué deseo? ¿Qué partes de mí he ido dejando fuera? Porque funcionar no es lo mismo que vivir. Y estar bien no es solo que no haya problemas, es que haya presencia emocional.

Por Raquel Íñigo Román
•
2 de enero de 2026
Las pantallas forman parte del día a día de niños y adolescentes. Su uso no es en sí negativo, pero cuando no existen límites claros puede afectar al desarrollo emocional, al descanso y a la capacidad de autorregulación. El exceso de estimulación dificulta la tolerancia a la frustración y puede aumentar la irritabilidad. Muchos conflictos familiares actuales giran en torno al uso de dispositivos, generando desgaste y sensación de impotencia en las familias. El trabajo terapéutico no se centra en prohibir, sino en acompañar. Establecer límites claros, coherentes y sostenibles, acordes a la edad y al momento evolutivo, priorizando el vínculo y la presencia adulta. Educar en el uso saludable de la tecnología es también educar emocionalmente.

Por Raquel Íñigo Román
•
2 de enero de 2026
La adolescencia es una etapa de profundos cambios físicos, emocionales y sociales. La presión académica, la comparación constante, la búsqueda de identidad y la necesidad de pertenencia pueden generar niveles elevados de ansiedad. En muchos casos, la ansiedad adolescente no se expresa como nerviosismo evidente, sino como irritabilidad, aislamiento, somatizaciones, cambios en el sueño o en la alimentación. A veces pasa desapercibida o se minimiza como “cosas de la edad”. Escuchar sin invalidar es clave. La terapia ofrece un espacio seguro donde el adolescente puede comprender lo que le ocurre, poner palabras a su malestar y desarrollar herramientas para afrontarlo. No se trata de eliminar la ansiedad, sino de aprender a manejarla sin que limite su desarrollo. Acompañar esta etapa con sensibilidad puede marcar una diferencia significativa en la vida adulta.

Por Raquel Íñigo Román
•
2 de enero de 2026
La conducta infantil no aparece de la nada. Cuando un niño grita, se enfada, desobedece o parece desafiante, suele estar expresando una dificultad para regular sus emociones. La conducta es, en muchos casos, un mensaje. Corregir sin entender puede aumentar el problema. Castigos desproporcionados, respuestas impulsivas o incoherentes pueden intensificar la sensación de inseguridad del niño. Esto no significa que no deban existir límites, sino que estos deben estar acompañados de comprensión y coherencia emocional. En terapia trabajamos ayudando a las familias a leer la conducta desde una perspectiva emocional y evolutiva. Entender qué está necesitando el niño, qué le desborda y qué recursos aún no tiene permite intervenir de una forma más eficaz y respetuosa. Educar no es controlar, es acompañar el desarrollo emocional.

Por Raquel Íñigo Román
•
2 de enero de 2026
La autoexigencia suele estar socialmente premiada. Personas responsables, comprometidas, eficaces, que cumplen con todo y para todos. Durante mucho tiempo, este rasgo puede parecer una fortaleza. El problema aparece cuando el precio a pagar es el bienestar emocional. El perfeccionismo no siempre se manifiesta como obsesión por el detalle. A veces aparece como incapacidad para descansar, dificultad para disfrutar de los logros o una sensación constante de no estar haciendo suficiente. El error se vive como un fracaso personal y el descanso como una pérdida de tiempo. Muchas personas autoexigentes han aprendido que su valor depende de su rendimiento. No es una elección consciente, sino un aprendizaje profundo, generalmente vinculado a experiencias tempranas donde el reconocimiento estaba asociado al esfuerzo. En terapia, el trabajo no consiste en dejar de esforzarse, sino en revisar el sistema interno de valía. Separar quién soy de lo que hago, aprender a tratarse con la misma comprensión que se ofrece a los demás y permitir la imperfección como parte de lo humano. Cuidarse no es rendirse. Es sostenerse a largo plazo.

Por Raquel Íñigo Román
•
2 de enero de 2026
Muchas personas expresan una aparente contradicción: desean una relación estable y significativa, pero cuando se implican emocionalmente lo pasan mal. Aparecen la ansiedad, el miedo constante a perder al otro, la necesidad de confirmación o, por el contrario, una retirada emocional que dificulta el vínculo. El miedo al abandono no siempre se vive como miedo explícito. A veces se manifiesta en forma de control, celos, hipervigilancia o dependencia emocional. Otras veces aparece como evitación, frialdad aparente o dificultad para comprometerse. En ambos casos, el sistema de apego está en alerta. Este tipo de miedo suele tener raíces tempranas. No siempre hablamos de grandes traumas, sino de historias vinculares marcadas por la inconsistencia, la imprevisibilidad emocional o el afecto condicionado. El cuerpo aprende pronto si el otro es seguro o no, y ese aprendizaje puede mantenerse en la edad adulta incluso cuando el contexto ha cambiado. En terapia no se trata de eliminar el miedo, sino de comprenderlo. Revisar la historia relacional, identificar patrones repetidos y diferenciar el pasado del presente permite construir una forma de vincularse más segura. Aprender a regular la ansiedad en la relación y a sostener el vínculo sin perderse a uno mismo es un proceso, pero también una experiencia profundamente reparadora. Amar sin estar en alerta constante es posible cuando se construye seguridad interna y se vive la relación desde la elección, no desde la necesidad.


