Cuando el cuerpo habla lo que la mente no puede decir
Hay personas que llegan a consulta convencidas de que su problema es físico. Dolor de estómago, tensión constante, cefaleas, fatiga, palpitaciones, mareos, molestias difusas que cambian de lugar. Han pasado por consultas médicas, pruebas diagnósticas y analíticas. Todo parece estar bien. Sin embargo, el cuerpo sigue insistiendo.
En estos casos, hablar de somatización no significa negar el malestar, sino comprenderlo desde una perspectiva más amplia. El cuerpo no miente. El cuerpo registra aquello que no ha podido ser expresado de otra manera. Cuando una persona ha aprendido a callar, a adaptarse en exceso, a sostener emociones intensas sin espacio para elaborarlas, el cuerpo acaba convirtiéndose en el canal de expresión.
La somatización suele aparecer asociada a estados de ansiedad mantenida en el tiempo, estrés crónico, duelos no resueltos, conflictos relacionales silenciados o experiencias emocionales para las que la persona no tuvo recursos en su momento. No es algo consciente ni voluntario. De hecho, muchas personas se sienten incomprendidas o incluso culpables por “no tener nada” y encontrarse tan mal.
En terapia, el objetivo no es convencer a nadie de que su dolor es psicológico. El trabajo consiste en integrar cuerpo y mente, ayudando a comprender qué función cumple el síntoma, qué necesidad está expresando y qué cambios son necesarios para que deje de ser la única vía de descarga.
A medida que la persona empieza a poner palabras a su experiencia emocional, a identificar límites, a escuchar sus propias señales internas, el cuerpo deja de tener que gritar. Escuchar al cuerpo no es rendirse ni resignarse al malestar. Es empezar a cuidarse de una forma más profunda y respetuosa.








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