Cuando exigirte demasiado ya no te hace avanzar
La autoexigencia suele estar socialmente premiada. Personas responsables, comprometidas, eficaces, que cumplen con todo y para todos. Durante mucho tiempo, este rasgo puede parecer una fortaleza. El problema aparece cuando el precio a pagar es el bienestar emocional.
El perfeccionismo no siempre se manifiesta como obsesión por el detalle. A veces aparece como incapacidad para descansar, dificultad para disfrutar de los logros o una sensación constante de no estar haciendo suficiente. El error se vive como un fracaso personal y el descanso como una pérdida de tiempo.
Muchas personas autoexigentes han aprendido que su valor depende de su rendimiento. No es una elección consciente, sino un aprendizaje profundo, generalmente vinculado a experiencias tempranas donde el reconocimiento estaba asociado al esfuerzo.
En terapia, el trabajo no consiste en dejar de esforzarse, sino en revisar el sistema interno de valía. Separar quién soy de lo que hago, aprender a tratarse con la misma comprensión que se ofrece a los demás y permitir la imperfección como parte de lo humano.
Cuidarse no es rendirse. Es sostenerse a largo plazo.








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