Por Raquel Íñigo Román
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13 de octubre de 2026
Hay personas que necesitan estar constantemente ocupadas. Si pasan una tarde sin hacer nada, sienten que han perdido el tiempo. Si descansan, aparece la culpa. Y si no tienen planes, experimentan la sensación de que deberían estar aprovechando el día. Hemos llegado a confundir estar ocupados con estar aprovechando la vida. Vivimos en una sociedad que concede una enorme importancia a la productividad. Trabajar, estudiar, hacer deporte, socializar, aprender cosas nuevas… Parece que cada hora debe tener una finalidad. Desde la psicología, esta necesidad constante de actividad puede tener diferentes explicaciones. En algunas personas existe una elevada autoexigencia. Han aprendido a valorar su tiempo, e incluso a sí mismas, en función de lo que consiguen hacer. Descansar les genera culpa porque interpretan la inactividad como una pérdida de tiempo. En otras, mantenerse ocupadas funciona como una estrategia de evitación emocional. Mientras hacen cosas, tienen menos oportunidades de enfrentarse a pensamientos, preocupaciones o emociones desagradables. También hay quienes encuentran dificultades para tolerar el aburrimiento o la ausencia de estímulos. Sin embargo, no toda persona activa está huyendo de algo, ni disfrutar de la tranquilidad implica necesariamente una buena regulación emocional. La diferencia está en si hacemos cosas porque realmente queremos o porque necesitamos mantenernos ocupados para no sentirnos mal. Descansar no es perder el tiempo. Pasar una tarde en casa, no tener planes o simplemente disfrutar de la tranquilidad no significa ser una persona vaga, poco ambiciosa o carente de motivación. No necesitamos convertir cada momento libre en una oportunidad para producir, mejorar o conseguir algo. Nuestro valor como personas no depende de nuestra productividad. Y quizá convendría preguntarnos: ¿Disfrutamos realmente de estar ocupados o necesitamos estarlo porque no sabemos estar sin hacer nada?