Adolescentes, redes sociales y salud mental: el problema no es solo el tiempo de pantalla
Las redes sociales, los videojuegos, los teléfonos móviles y, más recientemente, la inteligencia artificial forman parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes. Por eso, cuando hablamos de su impacto psicológico, quizá la pregunta más útil ya no sea simplemente «¿cuántas horas pasa con el móvil?», sino «¿qué está ocurriendo durante esas horas y qué lugar ocupa la tecnología en su vida?».
La preocupación no es infundada. La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental, y señala la ansiedad, la depresión y los trastornos del comportamiento entre las principales causas de enfermedad y discapacidad durante esta etapa. (Organización Mundial de la Salud<https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health?utm_source=chatgpt.com>)
Al mismo tiempo, la OMS advierte de que los entornos digitales se han convertido en un factor relevante para la salud mental de niños y jóvenes. En Europa, más de uno de cada diez adolescentes presenta signos de un uso problemático de las redes sociales. (Organización Mundial de la Salud<https://www.who.int/europe/news-room/fact-sheets/item/mental-health?utm_source=chatgpt.com>)
¿Las redes sociales perjudican la salud mental?
La respuesta rigurosa es: depende.
No existe evidencia suficiente para afirmar que utilizar redes sociales provoque por sí mismo un problema psicológico. La relación es bastante más compleja y puede ser bidireccional: determinados usos de la tecnología pueden contribuir al malestar, pero un adolescente que ya se encuentra mal también puede recurrir con mayor frecuencia a las redes, los videojuegos o el móvil. (Organización Mundial de la Salud<https://www.who.int/europe/publications/i/item/WHO-EURO-2025-12187-51959-79685?utm_source=chatgpt.com>)
Además, internet también puede proporcionar espacios de socialización, aprendizaje, entretenimiento, creatividad y pertenencia. Para algunos jóvenes permite incluso encontrar personas con experiencias similares y reducir sentimientos de aislamiento.
El problema aparece cuando determinados patrones digitales empiezan a interferir con necesidades básicas para el desarrollo.
No todas las horas de pantalla son iguales
Pasar dos horas hablando con amigos, aprendiendo algo o creando contenido no tiene necesariamente el mismo impacto que pasar esas mismas dos horas comparándose compulsivamente con otras personas o consumiendo contenido que genera angustia.
Por eso, además del tiempo de uso, conviene observar aspectos como:
* si el móvil está desplazando horas de sueño;
* si existe dificultad para interrumpir su utilización;
* si disminuyen las actividades presenciales, deportivas o sociales;
* si aparecen irritabilidad o conflictos importantes cuando se limita su uso;
* qué tipo de contenido consume el menor;
* cómo se siente después de utilizar determinadas aplicaciones;
* si existe exposición a ciberacoso, contenidos violentos, autolesiones o ideales corporales poco realistas.
La propia OMS identifica entre los riesgos de los entornos digitales el ciberacoso, los ideales corporales irreales y la exposición a contenidos relacionados con autolesiones, entre otros. (Organización Mundial de la Salud<https://www.who.int/europe/news-room/fact-sheets/item/mental-health?utm_source=chatgpt.com>)
Prohibir no siempre es educar
Ante la preocupación, es comprensible que muchas familias intenten solucionar el problema mediante restricciones. Los límites pueden ser necesarios, especialmente dependiendo de la edad, pero la educación digital no puede reducirse únicamente a controlar horas de pantalla.
Un adolescente necesita aprender progresivamente a identificar qué contenidos le afectan, reconocer cuándo está utilizando una red social de manera automática, proteger su privacidad, cuestionar aquello que ve y pedir ayuda cuando una experiencia digital le supera.
En este sentido, acompañar suele ser más útil que limitar sin explicación.
También importa algo mucho menos tecnológico: mantener espacios de comunicación en los que el adolescente pueda hablar sin anticipar inmediatamente un juicio, un interrogatorio o un castigo.
¿Cuándo conviene consultar con un profesional?
No todo cambio de humor, aislamiento puntual o aumento del uso del móvil indica la existencia de un trastorno psicológico. La adolescencia implica cambios importantes en la identidad, las relaciones, la autonomía y la regulación emocional.
Conviene prestar más atención cuando los cambios son intensos, se mantienen en el tiempo o interfieren significativamente en el funcionamiento habitual: abandono de actividades, aislamiento progresivo, alteraciones importantes del sueño o la alimentación, ansiedad persistente, deterioro académico marcado, autolesiones o verbalizaciones relacionadas con la muerte, entre otras señales.
En estos casos, una valoración psicológica permite comprender qué está ocurriendo y determinar si existe realmente un problema que requiera intervención.
La tecnología seguirá formando parte de la vida de los adolescentes. El objetivo, por tanto, difícilmente puede ser mantenerlos al margen de ella. El reto está en ayudarles a desarrollar una relación con el mundo digital que no sustituya al sueño, los vínculos, el movimiento, la autonomía ni la vida que ocurre fuera de una pantalla.
Raquel Íñigo Román
Psicóloga General Sanitaria e Infanto-Juvenil
N.º de colegiada: CA01269
Atención psicológica presencial en Santander y Solares (Cantabria)
Psicología Online
Atención psicológica para población adulta, infantil y adolescente.












