Cuando pedir ayuda se convierte en evitarla

Raquel Íñigo Román • 11 de junio de 2026

Hay pacientes que llaman, solicitan una cita, la cambian. Vuelven a pedir otra, la aplazan. La reprograman de nuevo. Y, cuando por fin llega el día, no acuden.


A veces este patrón se repite durante meses. En ocasiones, durante más de un año.


Desde fuera puede interpretarse como falta de interés, desorganización o escasa motivación. Sin embargo, en muchos casos ocurre algo más complejo: la propia dificultad que lleva a la persona a buscar ayuda es también la que le impide recibirla.


El miedo al cambio, la evitación, la vergüenza, la ansiedad anticipatoria o el temor a enfrentarse a determinadas emociones pueden convertirse en obstáculos más potentes que el propio deseo de mejorar.


Esto no significa que los profesionales debamos normalizar las ausencias repetidas o asumir sin límites las consecuencias organizativas que generan. La terapia requiere compromiso por ambas partes.


Pero sí nos recuerda algo importante: pedir ayuda y estar preparado para recibirla no siempre suceden al mismo tiempo.


A veces, el primer trabajo terapéutico comienza mucho antes de que el paciente llegue a sentarse en la consulta.

Acogedora oficina en casa con escritorio de madera, portátil, sillón, estanterías y una gran ventana por la que entra la luz del día
Por Raquel Íñigo Román • 15 de octubre de 2026
Organizar el entorno antes y después de una cita psicológica influye en cómo se vive la experiencia terapéutica. Este artículo ofrece recomendaciones prácticas para preparar una sesión psicológa en Santander y Solares, este artículo ofrece pautas para cuidar el contexto de tu día de sesión, tanto presencial como online
Por Raquel Íñigo Román • 13 de octubre de 2026
Una adolescente comienza a autolesionarse. Sus padres conocen lo que está ocurriendo, pero hablar del tema les resulta difícil. Les genera miedo, angustia o incluso incredulidad. En ocasiones, la respuesta familiar consiste en evitar el problema: dejar de hablar de las autolesiones, restarles importancia o interrumpir el tratamiento psicológico. Pero dejar de hablar de un problema no significa que haya dejado de existir. Las autolesiones no suicidas pueden cumplir diferentes funciones psicológicas. En algunos adolescentes constituyen una forma de regular emociones intensas, aliviar temporalmente el malestar o expresar un sufrimiento que no saben comunicar de otra manera. No deben interpretarse automáticamente como intentos de suicidio, pero tampoco minimizarse: requieren una evaluación adecuada, incluida la valoración del riesgo suicida. En determinadas familias, la evitación aparece como una respuesta al miedo. Reconocer que un hijo está sufriendo puede resultar doloroso y algunos progenitores encuentran dificultades para afrontar esa realidad. Sin embargo, la evitación de los adultos no protege necesariamente a los menores. En ocasiones, los deja con menos recursos para afrontar lo que les ocurre. Interrumpir un tratamiento psicológico sin valorar la evolución clínica, los factores de riesgo o las necesidades del adolescente puede comprometer su atención. La implicación familiar no consiste en vigilar constantemente, culpabilizar o exigir que las autolesiones desaparezcan de inmediato. Consiste en escuchar, acompañar, comprender la función de esas conductas y colaborar con los profesionales. También implica aceptar que el sufrimiento psicológico de un hijo no siempre puede resolverse rápidamente. Un adolescente que se autolesiona no necesita que su familia finja que no ocurre nada. Necesita adultos capaces de reconocer su sufrimiento y ayudarle a encontrar alternativas. Porque evitar una conversación difícil puede aliviar momentáneamente la angustia de los padres, pero no necesariamente la de sus hijos.
Por Raquel Íñigo Román • 13 de octubre de 2026
Hay personas que necesitan estar constantemente ocupadas. Si pasan una tarde sin hacer nada, sienten que han perdido el tiempo. Si descansan, aparece la culpa. Y si no tienen planes, experimentan la sensación de que deberían estar aprovechando el día. Hemos llegado a confundir estar ocupados con estar aprovechando la vida. Vivimos en una sociedad que concede una enorme importancia a la productividad. Trabajar, estudiar, hacer deporte, socializar, aprender cosas nuevas… Parece que cada hora debe tener una finalidad. Desde la psicología, esta necesidad constante de actividad puede tener diferentes explicaciones. En algunas personas existe una elevada autoexigencia. Han aprendido a valorar su tiempo, e incluso a sí mismas, en función de lo que consiguen hacer. Descansar les genera culpa porque interpretan la inactividad como una pérdida de tiempo. En otras, mantenerse ocupadas funciona como una estrategia de evitación emocional. Mientras hacen cosas, tienen menos oportunidades de enfrentarse a pensamientos, preocupaciones o emociones desagradables. También hay quienes encuentran dificultades para tolerar el aburrimiento o la ausencia de estímulos. Sin embargo, no toda persona activa está huyendo de algo, ni disfrutar de la tranquilidad implica necesariamente una buena regulación emocional. La diferencia está en si hacemos cosas porque realmente queremos o porque necesitamos mantenernos ocupados para no sentirnos mal. Descansar no es perder el tiempo. Pasar una tarde en casa, no tener planes o simplemente disfrutar de la tranquilidad no significa ser una persona vaga, poco ambiciosa o carente de motivación. No necesitamos convertir cada momento libre en una oportunidad para producir, mejorar o conseguir algo. Nuestro valor como personas no depende de nuestra productividad. Y quizá convendría preguntarnos: ¿Disfrutamos realmente de estar ocupados o necesitamos estarlo porque no sabemos estar sin hacer nada?
Por Raquel Íñigo Román • 1 de octubre de 2026
Muchas personas en Santander y Solares se preguntan si lo que les ocurre justifica acudir a psicología. En este artículo se ofrecen criterios claros y ejemplos cotidianos para identificar señales de malestar, diferenciar problemas puntuales de situaciones que conviene abordar en terapia y decidir con mayor tranquilidad cuándo puede ser útil pedir apoyo profesional.
Persona sentada hecha un ovillo en una cama junto a una ventana, con la cabeza gacha y varios iconos de redes sociales flotando cerca.
Por Raquel Íñigo Román • 30 de septiembre de 2026
Las redes sociales, los videojuegos, los teléfonos móviles y, más recientemente, la inteligencia artificial forman parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes. Por eso, cuando hablamos de su impacto psicológico, quizá la pregunta más útil ya no sea simplemente «¿cuántas horas pasa con el móvil?», sino «¿qué está ocurriendo durante esas horas y qué lugar ocupa la tecnología en su vida?». La preocupación no es infundada. La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental, y señala la ansiedad, la depresión y los trastornos del comportamiento entre las principales causas de enfermedad y discapacidad durante esta etapa. ( Organización Mundial de la Salud ) Al mismo tiempo, la OMS advierte de que los entornos digitales se han convertido en un factor relevante para la salud mental de niños y jóvenes. En Europa, más de uno de cada diez adolescentes presenta signos de un uso problemático de las redes sociales. ( Organización Mundial de la Salud ) ¿Las redes sociales perjudican la salud mental? La respuesta rigurosa es: depende. No existe evidencia suficiente para afirmar que utilizar redes sociales provoque por sí mismo un problema psicológico. La relación es bastante más compleja y puede ser bidireccional: determinados usos de la tecnología pueden contribuir al malestar, pero un adolescente que ya se encuentra mal también puede recurrir con mayor frecuencia a las redes, los videojuegos o el móvil. ( Organización Mundial de la Salud ) Además, internet también puede proporcionar espacios de socialización, aprendizaje, entretenimiento, creatividad y pertenencia. Para algunos jóvenes permite incluso encontrar personas con experiencias similares y reducir sentimientos de aislamiento. El problema aparece cuando determinados patrones digitales empiezan a interferir con necesidades básicas para el desarrollo.
Cerebro de IA azul neón dentro de la silueta de una cabeza humana, con líneas de circuitos sobre un fondo oscuro
Por Raquel Íñigo Román • 22 de septiembre de 2026
La inteligencia artificial está transformando nuestra manera de trabajar, aprender, relacionarnos y buscar información. Sin embargo, uno de sus usos más interesantes desde el punto de vista psicológico es también uno de los que plantea mayores interrogantes: su utilización como fuente de apoyo emocional. Cada vez es más habitual recurrir a un asistente de inteligencia artificial para consultar dudas sobre una relación de pareja, intentar comprender un conflicto familiar, expresar preocupaciones personales o buscar explicaciones a determinadas emociones. La posibilidad de recibir una respuesta inmediata, a cualquier hora y sin necesidad de exponernos directamente ante otra persona puede resultar especialmente atractiva cuando atravesamos momentos de incertidumbre, soledad o malestar psicológico. Pero ¿qué ocurre cuando empezamos a utilizar estas herramientas no solo para obtener información, sino también para interpretar nuestra realidad emocional?
Por Raquel Íñigo Román • 22 de septiembre de 2026
Cada vez más personas recurren a la inteligencia artificial para hablar de sus emociones, consultar dudas sobre sus relaciones personales o buscar explicaciones a lo que les sucede. Es comprensible. Está disponible a cualquier hora, responde inmediatamente y permite expresar cuestiones íntimas sin exponerse directamente ante otra persona. Pero hay una diferencia importante entre recibir una respuesta que nos hace sentir comprendidos y recibir una respuesta que realmente nos ayuda. Uno de los riesgos del uso de la inteligencia artificial como apoyo emocional es que puede reforzar nuestras interpretaciones sin cuestionarlas suficientemente. Imaginemos que una persona consulta repetidamente a una IA sobre un conflicto de pareja. Si el sistema valida de forma sistemática su perspectiva, puede contribuir a consolidar una interpretación parcial de lo ocurrido, en lugar de ayudarle a explorar otras explicaciones, identificar su propia responsabilidad o comprender mejor la situación. Esto no significa que la inteligencia artificial sea necesariamente perjudicial para nuestra salud mental. Puede ayudarnos a organizar pensamientos, identificar preguntas que necesitamos hacernos, acceder a información psicológica o preparar cuestiones que posteriormente abordaremos en terapia. El problema aparece cuando confundimos la validación emocional con la intervención psicológica. En psicoterapia, acompañar no consiste en dar siempre la razón. También implica ayudar a identificar patrones de pensamiento, reconocer contradicciones, desarrollar recursos personales y aprender a tolerar emociones desagradables sin buscar constantemente una respuesta que las alivie. Y eso requiere una evaluación individualizada, criterio clínico y una relación terapéutica con responsabilidades profesionales y éticas. La inteligencia artificial puede ser una herramienta complementaria, pero no debería convertirse en nuestra única fuente de apoyo emocional ni sustituir las relaciones humanas o la atención psicológica cuando esta es necesaria. Quizá una de las preguntas más importantes que debemos hacernos ante esta nueva realidad no sea cuánto puede ayudarnos la inteligencia artificial, sino qué tipo de ayuda estamos buscando cuando acudimos a ella. ¿Buscamos comprender mejor lo que nos sucede o necesitamos que alguien confirme lo que ya pensamos? La diferencia merece una reflexión. Raquel Íñigo Román Psicóloga General Sanitaria e Infantojuvenil Colegiada n.º CA01269 · COP Cantabria Directora de TFM | UNIR #Psicología #SaludMental #InteligenciaArtificial #Psicoterapia #PensamientoCrítico #PsicologíaSanitaria
Acogedora sala de estar con un sillón, un escritorio, una silla de madera, plantas y luz del sol que entra por una ventana grande.
Por Raquel Íñigo Román • 15 de septiembre de 2026
Organizar la agenda es clave para poder iniciar y mantener un proceso terapéutico con calma. A partir de los horarios de consulta de Psicóloga Raquel Íñigo Román en Santander y Solares, este artículo ofrece pautas prácticas para elegir franjas, preparar desplazamientos y combinar las sesiones con la rutina diaria.
Por Raquel Íñigo Román • 1 de septiembre de 2026
Elegir profesional de psicología suele generar dudas: formación, enfoque, horarios o modalidad presencial y online. En este artículo se repasan criterios prácticos para seleccionar psicóloga en Santander y Solares, tomando como referencia la información disponible de Psicóloga Raquel Íñigo Román.
Una mujer participa en una videollamada desde su ordenador portátil, sonriendo y señalando un escritorio en casa con un portátil y un teléfono.
Por Raquel Íñigo Román • 1 de agosto de 2026
Muchas personas sienten dudas antes de pedir ayuda psicológica por primera vez. En este artículo se explica de forma sencilla cómo preparar y organizar una primera sesión de psicología online con una profesional en Santander, qué puedes esperar y qué aspectos conviene tener en cuenta para aprovecharla mejor.
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