Autodiagnóstico
Cada vez es más frecuente que los pacientes lleguen a consulta con un autodiagnóstico ya construido. Han leído, buscado, comparado síntomas… y, en muchos casos, llegan con una etiqueta clara: “tengo ansiedad”, “soy TDAH”, “esto es trauma”.
Esto no es, en sí mismo, algo negativo. Habla de interés, de acceso a la información y de una mayor conciencia sobre la salud mental. Pero también introduce un matiz importante: la diferencia entre identificarse con un conjunto de síntomas y comprender en profundidad qué está ocurriendo.
El problema no es que una persona intente entenderse. El problema aparece cuando el autodiagnóstico se vuelve rígido, cuando deja de ser una hipótesis y pasa a ser una identidad cerrada. Ahí es donde el trabajo terapéutico puede complicarse.
Porque en consulta no trabajamos con etiquetas, sino con historias, con contextos, con funciones de la conducta. Dos personas pueden compartir un mismo “diagnóstico” y necesitar intervenciones completamente distintas.
Como profesionales, nuestra tarea no es desmontar lo que el paciente trae, sino escucharlo, validarlo y, a partir de ahí, ampliar la mirada. A veces confirmaremos. Otras veces matizaremos. Y en muchas ocasiones, redefiniremos.
Entenderse no es ponerse un nombre. Es algo bastante más complejo… y bastante más útil. 🧠












